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En una sociedad dominada por las prisas y el ajetreo diario, en la que en plena revolución digital las nuevas tecnologías se imponen con la exigencia de la inmediatez a tan sólo un golpe de click; todavía hoy sobreviven profesiones que se rigen por el trabajo manual, por el mimo y la paciencia, por el orden y la artesanía. Hablamos, queridos lectores, del arte de la relojería.

La Calle Real ha visitado uno de los talleres relojeros referencia cuya profesionalidad traspasa las fronteras locales y regionales: la Relojería Blanca, en pleno centro comercial de la ciudad de La Línea. En este taller, de tercera generación de relojeros, Antonio Blanca, Tony para los amigos, comparte con nosotros su pasión por la relojería. Nos recibe en la trastienda de su comercio, donde ha construido un equipado taller de joyería y relojería. Curiosamente, nos llama la atención no sólo que Tony no lleve reloj de pulsera, y es que quién lo necesita en un lugar donde el tic-tac es una música constante entre decenas de relojes, algunos de ellos de más de 200 años; sino que, además, allí, parece que el tiempo se detiene.

Antonio Blanca conoció el arte de la relojería desde muy pequeño. Prácticamente, ha crecido entre relojes. “Nací aquí en La Línea, pero cuando tenía tres años mis padres emigraron a Londres, justo seis meses antes de que cerraran la frontera. Mi padre era relojero, trabajaba en Gibraltar y se fue directamente a Inglaterra con un contrato de trabajo. Con diez años ya ayudaba a mi padre y con él comencé a aprender el oficio. Después, en Londres, hice distintos cursos de relojero. También he estado en Suiza con grandes empresas. A día de hoy continúo formándome, no puedes estancarte y quedarte atrás”, nos explica.

De aquellos comienzos como aprendiz de un digno maestro relojero, su padre, Tony recuerda “cuando le hacía una pregunta y él se tiraba una hora explicándome, ‘pero chiquillo si nada más que te he hecho una pregunta, dime sí o no’”, comenta entre risas. Además, añade: “precisamente esa insistencia, esa constancia, es la que me ha hecho ser lo que soy y poder hacer lo que hago cada día”.

A los 28 años, Tony regresó con su familia, su mujer y su hijo de seis meses a La Línea, confesándonos que “mi corazón siempre estuvo aquí”. Y aquí, en su Línea, construyó junto a su padre su propio taller relojero que funciona desde el año 1990.

“Es una profesión que tiene que gustarte mucho, no es glamuroso, no es un trabajo para entrar de aprendiz y hártate de ganar dinero del tirón. Tienes que seguir un aprendizaje. Yo llevo toda la vida en esto y todavía sigo aprendiendo”, apunta Tony.

Precisamente, esta constancia les ha colocado como taller relojero de referencia en la zona. “Nos mandan relojes de todos los puntos de Andalucía y algunas partes de España. La mejor publicidad que existe es el trabajo de uno mismo. Por ejemplo, hace un par de veranos le reparé un omega a un señor de Madrid que estaba aquí de vacaciones y ahora un amigo suyo nos ha mandado un reloj para que se lo reparemos”.

Además, Relojería Blanca trabaja con la red de relojerías de Gibraltar. “Estuve trabajando quince años como relojero oficial en The Red House”, añade. También ha sido reparador oficial de casas como Rolex, Omega y Breitling, marcas que continúa reparando.

En este taller también son restauradores. “Nos llegan relojes muy antiguos, prácticamente desechos y nosotros los restauramos, tanto el interior como el exterior”, explica.

En un primer momento, Tony confiesa que no se interesó por esta profesión. Sin embargo, el enamoramiento llegó “cuando empecé a manipular relojes de alta gama. Ahí es donde encontré la diferencia. Es otro mundo”.

De hecho, entre muchos de sus trabajos, Tony destaca “el primer rolex daytona que desarmé. Creía que no iba a poder repararlo y al final lo logré sin problema. Un rolex daytona tiene muchas piezas, hasta cerca de 200, y la verdad es que eso sí me lleno de mucha satisfacción”.

Así, asegura que “lo más bonito de esta profesión es cuando desarmas un reloj que está muerto y cuando lo reparas está otra vez vivo, le das vida. Convertir algo muerto en algo vivo es muy bonito”.

Al mismo tiempo, señala que aquellos aspectos más negativos vienen dados por “los  cambia pilas y cambia maquinas, que hay muchos, y que en realidad no son relojeros pero ponen relojerías. La gente le lleva relojes, le cambian la máquina, le cambian esto, le ponen lo otro sin saber y al final lo que hacen es estropear el reloj. Hay mucho intrusismo. Algunos se creen que con un curso de dos semanas ya son relojeros. Eso es imposible”.

Para ser un buen relojero, Tony nos explica que la paciencia es la mejor de las cualidades: “es importante tener la capacidad de estar sentado durante mucho tiempo. Tener paciencia suficiente paraque cuando un reloj te de algún tipo de problema busques, observes y pruebes una vez y otra vez”.

Aunque durante un tiempo parecía que esta profesión artesanal estaba muriendo, ahora vuelve a renacer. “De hecho,en Asia están entrenando a las nuevas generaciones en relojería”, señala. Así, en este sentido, es clave el papel de ANPRE (Asociación Nacional de Profesionales Relojeros Reparadores), una asociación de relojeros profesionales que trabaja para que no se pierda este oficio.

Y es que, además, un buen relojero debe saber encontrar el potencial de aquello que,en un momento, aparece roto y estropeado. Así, Tony nos confiesa que, a pesar de los escandalosos titulares y la mala propaganda, siempre ha estado enamorado de La Línea.

“Es un pueblo que desgraciadamente está olvidado por todas las administraciones. Podría estar mucho mejor de lo que está. No entiendo por qué no hacen nada para fomentar La Línea, que solo sale en los medios para lo malo. Es una pena porque aquí hay gente muy buena. Yo creo mucho en los linenses, porque sino no me hubiese venido aquí. Me podía haber ido a cualquier país del mundo, relojeros necesitan en todos los sitios y yo escogí mi Línea”, comenta Tony. “La Línea es un pueblo que puede ser más bonito de lo que es, tiene encanto, tiene su embrujo. Le falta ese empujón, que se acuerden de nosotros, que estamos aquí”.

Si echa la vista atrás, este linense relojero asegura que se siente muy afortunado “porque estoy haciendo lo que me gusta. Y eso es importante, porque si no olvídate de ser feliz”.

El futuro parece incierto. Sus hijos no van a continuar con esta profesión. “El mayor es tatuador y el pequeño está estudiando para ser peluquero.Así que por desgracia tendré que quitar el taller cuando me jubile. Luego quiero descansar y disfrutar. Pero lo que no se puede es forzar a alguien a que haga algo que no quiere. Además, esto tiene que gustarte sino no puedes sacar el trabajo adelante. Tienes que echar mucho tiempo, hay relojes que se complican y tienes que investigar, observar, pensar y buscar el problema”, añade.

Independientemente del porvenir, lo cierto es que Relojería Blanca ya se ha ganado un lugar respetable en el panorama relojero a nivel nacional. Profesionalidad, honradez, paciencia y constancia, orden, cuidado y mimo son algunos de los motivos que han hecho crecer este taller. Este es el secreto. Y es que, como dijera Marcel Proust, aunque “todos los días pueden ser iguales para un reloj, pero no para un hombre”, en este taller cada día detienen el tiempo y se enfrentan a una nueva jornada de trabajo, poniéndole mucha pasión a esta profesión artesanal y humana que nunca debería perderse.