El cierre de la Verja: medio siglo de historias

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Foto de la exposición "50 años del cierre de la Verja"
arcgisa

Con el Brexit como espada de Damocles, en este 2019 se cumple medio siglo del cierre de la Verja -con mayúsculas- que duró doce años y que tuvo unas consecuencias devastadoras para una La Línea de la Concepción, que vio marchar a gran parte de su población –hay cálculos que hablan de más de 30.000 habitantes-. Sin aquel cierre es posible que aquella ciudad en pleno crecimiento, hoy, sería otra. Numerosos actos recuerdan durante todo este año aquellos hechos del 69 con conferencias, exposiciones, recopilación de documentación y testimonios, entre otros. Para ello, se ha puesto a disposición las webs 50yquenoserepita.com y 50yquenoserepita.gi. Es difícil escoger un título más apropiado.

La memoria histórica

Para no tropezar una segunda vez con la misma piedra es importante saber que la piedra está ahí. El objetivo principal de estas actividades que se enmarcan bajo el título de ‘50 años: Muchas historias que contar’, organizadas por el Ayuntamiento de La Línea, es difundir aquellos hechos a través de la historia general pero también la personal.

Durante la celebración de una mesa redonda se reunieron una serie de personas de ambos lados de la Verja para relatar sus experiencias personales de aquel momento histórico. Relatos en primera persona del singular, detalles que no aparecen en los libros de Historia pero que dan una dimensión más humana y comprensible de la misma. Estos son algunos de sus testimonios.

El empresario linense Lorenzo Pérez-Periáñez, actual presidente del Grupo Transfronterizo, relata lo que supuso el cierre de la Verja para miles de familias empresarias. La suya sufrió en sus propias carnes la fatídica decisión de Franco. “Mi familia tenía negocios y vimos reducidos nuestros clientes porque casi todos ellos, en un 90%, eran trabajadores de Gibraltar. Muchos empresarios tuvieron que cerrar sus negocios y otros, como mi padre, tuvieron que irse a la Costa del Sol o a otros pueblos de la comarca para mantener la estructura de sus empresas. Comercialmente fue una situación dramática”, explica Lorenzo. Incluso cuenta que “comerciantes de Algeciras, La Línea e incluso Málaga hablaban con los militares y realizaban presiones para que no se cerrara Gibraltar, hasta que se cerró”.

Juan Domingo Macías es escritor linense. Varias de sus novelas se desarrollan en este contexto y relatan muchas historias reales. Cuenta que, tres años antes del cierre definitivo de 1969, ya se produjeron otras limitaciones del tránsito normal entre La Línea y Gibraltar que ya tuvieron importantes consecuencias. “Dejaron de trabajar cerca de 3.000 mujeres que limpiaban en casas, en bares, y muchas traían de estraperlo jabón, ropa y recuerdo que hasta bolas de Navidad. También muchos hombres que llevaban en sus mulos o carros frutas y verduras que se vendían en tiendas de Gibraltar. Todo eso se interrumpió en el 66”.

Un protagonista de la política comarcal durante la permanencia del bloqueo y la festejada apertura de 1982 fue Juan Carmona, alcalde linense entre el 79 y el 84. “Durante todo este tiempo no se ha hablado mucho sobre este tema”, lamenta. Dice que Franco fue muy cuidadoso con Gibraltar, los británicos y los aliados hasta que se sintió fuerte con el respaldo norteamericano y, a partir de ahí, “inició una escalada de acoso y restricciones que culminó en el cierre del 69”. Entonces, cuenta Juan Carmona, él tenía 18 años recién cumplidos y vivía en Madrid, pero veraneaba en La Línea y fue testigo de cómo se hundieron los negocios de sus abuelos en Gibraltar. “En aquel momento se estaba produciendo una simbiosis entre La Línea y Gibraltar, eran ciudades muy complementarias y no de dependencia como ahora”, asegura en referencia a la situación que se vivía antes del cierre.

Carmona atesora, de esa época y de cuando ya fue alcalde de la democracia, numerosas anécdotas. “Muchos de los linenses que trabajaban en Gibraltar decidieron emigrar a Inglaterra. Siendo alcalde, en los ochenta, recibí una invitación de la Casa de La Línea en Londres, que contaba con unos 7.000 socios totalmente integrados en la sociedad británica, pero conservaban hasta una feria y elegían sus reinas y todo”, cuenta una de ellas.

Juan Carmona era alcalde cuando se produjo la apertura de la frontera. Una vuelta a la normalidad que fue paulatina. “Yo me dedicaba a provocar al gobernador civil para que fuese más flexible con la prohibición planteando temas humanos y urgentes: el paso de una ambulancia, coches fúnebres, bomberos de allí que intervinieron en el incendio de Almacenes Mérida y algunas actividades deportivas”, comenta el exalcalde. “Recuerdo un concurso de pesca en el Peñón que invitó un club linense a participar y se dio el permiso. Incluso ganaron un trofeo que no pudieron traerse”, añade. Explica también que en el 82 vulneró el bloqueo para participar en una reunión con el sindicalista Pepe Netto: “Hicimos el viaje en lancha desde Guadarranque y a la vuelta nos estuvo esperando la Guardia Civil”.

Al otro lado de la Verja, Tito Vallejo, conocido historiador gibraltareño, de padre linense y madre yanita, relata que el bloqueo le pilló en pleno servicio militar. Eran momentos de máxima tensión en la frontera. “Se comentaba que España quería atacar a Gibraltar y vino desde Gran Bretaña un regimiento extra cada seis meses. En el Peñón había soldados hasta en los bolsillos. Y ahí me vi yo con mi fusil cargado de balas y dos escoceses guardando la frontera. Nos comentaban que Franco tenía tanques en Sierra Carbonera. Ese era el escenario entonces, menos mal que no pasó nada porque yo estaba en primera línea”, rememora de forma que se permite ser distendida.

El sindicalista gibraltareño Michael Netto considera que La Línea salió peor parada del cierre del que ahora se cumplen 50 años. “En Gibraltar tuvo un aspecto negativo en lo familiar, lo personal y cultural; sin embargo, en lo económico y político no le fue mal. Los trabajadores españoles no estaban sindicados y, cuando ellos dejaron de trabajar, los sindicatos gibraltareños empezaron a hacer avances, la mujer se incorpora al mundo laboral a unos niveles que antes no lo había hecho, y económicamente no sufrió tanto. Eso sí, yo tenía primos y tíos que tuvieron que emigrar, y mi madre viajaba una vez al año desde Tánger para ver a su familia española. Muchos lazos quedaron rotos”, expone.

Eran muchos los que hacían este trayecto de Gibraltar a Marruecos para entrar por el puerto de Algeciras. Se tardaba todo un día lo que se podía hacer en minutos. Son muy comentados en La Línea y Gibraltar también los encuentros desde la verja, separados por los metros de la zona neutral que obligaba a hablar a voces para saludar o preguntar al amigo o al familiar del otro lado. Se cuenta también que hubo quienes cruzaban nadando.  

Momo Valle, otro de esos linenses socialmente muy activo y actualmente en La Línea 100×100, recuerda que tenía siete años cuando se produjo ese hecho histórico y doloroso para su ciudad. En el 1983 entró por primera vez en su vida al Peñón; lo hizo de la mano de su madre, que cuenta que le dijo: “Momo, esto no estaba así”. “Si alguien escribiera un libro de ficción titulado ¿Qué hubiera pasado si no se hubiese cerrado la frontera?’ llegaríamos a entender el verdadero alcance”, deja una interesante reflexión.

El duro adiós

En la web 50yquenoserepita han sido muchos los que se han lanzado a contar su experiencia personal, qué supuso para ellos la imposibilidad de entrar y salir de Gibraltar, añadiendo así piezas que completan el mosaico de la Historia a través de la palabra. La mayoría de las historias que se cuentan en la web 50yquenopasemás.com son de personas que se marcharon de La Línea o de Gibraltar por el cierre y que todavía no han terminado de regresar a su tierra.

David Álvarez, por ejemplo, es un gibraltareño nacido en 1965 que reside actualmente en los Estados Unidos. “Aparte del sentimiento cotidiano de estar viviendo en una suerte de prisión al aire libre dotada con vistas estupendas, recuerdo también lo extraño que me resultaba desconocer no ya España sino a nuestros vecinos campogibraltareños”, expresa. Afirma que emigró antes de “satisfacer las ganas” de conocer la comarca a fondo. “Entre el 1983 y el 1985, cada vez que podía, cruzaba la frontera para pasearme por la Calle Real de La Línea, donde solía sentarme al fresco en una de sus cafeterías para leer el periódico mientras me tomaba un café y me fumaba un Ducados. Cuando viajo a Gibraltar todavía procuro pasarme un par de horas en el Okay para volver a saborear esos deleites cotidianos que tan feliz me hicieron tras acabar ese encierro tan largo y antinatural que padecimos”, declara.

Dori Berman Villagran cuenta que  su padre era conductor de autobús desde la frontera española hasta Gibraltar y perdió el trabajo tras el cerrojazo. Como de otras muchas familias, Barcelona fue el destino. Otros acabaron incluso fuera del país. Inma Lucas Gallardo, por ejemplo, siente aún la tristeza de tener que abandonar su tierra para, con 8 años, acabar en Luxemburgo, donde vivía un familiar. “Cuando Franco cerró la frontera tiraron a las mujeres a la calle y al poco tiempo a los hombres; mi padre trabajaba en Gibraltar”, recuerda.

Matilde Díaz Sánchez relata que con 17, en enero del 70, salió de La Línea “muy asustada” por marcharse a un sitio desconocido y dejar amigos, escuela, familiares… “toda una vida”. “Nos fuimos un sábado de noche de tormenta y lluvia a la Estación de San Roque; por el temporal estaban cortadas parte de las vías y nos llevaron por otro camino más largo, no llegamos a Valencia hasta el domingo por la tarde parando en casi todas las estaciones. Desde entonces no me gustan los trenes”, cuenta Matilde la aventura de su familia hasta llegar a Castellón. Allí se colocó en una fábrica y tuvo que superar los problemas con el dialecto valenciano. “Todos los días me acostaba llorando hasta que tuve la conocí a más linenses y formamos una pandilla de chicos y chicas de nuestro pueblo, lo pasábamos muy bien”, explica Matilde, que ahora vive encantada en Castellón. “Aunque nuestro pueblo no lo olvido y volvería a él con los ojos cerrados. Ahora pienso mucho en mis padres y mi tía, se murieron con la pena de estar lejos de La Línea y están enterrados en Castellón. Así es la vida, nos cambió mucho con el cierre de Gibraltar”.

Cerrojo a la confianza

El periodista, investigador y editor Álvaro López Franco escribe en el número 20 de su revista Descubrir la Historia que la decisión española de cerrar el paso entre España y Gibraltar tuvo como uno de los principales efectos “la desconfianza de la población gibraltareña hacia las autoridades españolas, algo difícil de reparar”.

La Segunda Guerra Mundial y el cierre de la Verja, relata Álvaro López en el reportaje 1969, cerrojo a la confianza, fueron dos hechos históricos que configuraron la identidad colectiva de los gibraltareños. La evacuación de miles de yanitos por la guerra, por ejemplo, convirtió el inglés en su principal idioma en detrimento del español. Luego, el franquismo y sus ambiciones de recuperar el Peñón dañaron las relaciones que normales y fluidas, siendo habituales hasta los matrimonios entre gibraltareños y linenses.

Con la incomunicación de la población gibraltareña, que fue total cuando el 1 de octubre se bloquearon además las líneas de teléfono y telégrafo, Londres dio apoyo económico y logístico a Gibraltar. Eso hizo que se estrechasen los vínculos entre ellos. Mientras, los ciudadanos de la Roca fueron perdiendo el uso del español y todo contacto con el Campo de Gibraltar y España. Eso sí, les llegaba por televisión o radio la maquinaria propagandística Franco, que los mantenía encerrados, para convencer a los españoles de que aquella decisión era la correcta y con la que buscaba que Gibraltar cayera “como fruta madura”. No solo lo consiguió sino que provocó la desconfianza, y en muchos casos aversión, de muchos gibraltareños por España y que todavía hoy no se ha terminado de borrarse.

El 14 de diciembre de 1982, con el socialista Felipe González ya en el gobierno español, la Verja de Gibraltar volvió a abrirse. Esta vez, trece años después, el sonido del hierro descorriéndose por los raíles quedó ensordecido por un bullicio de emoción y alegría. Había acabado así un ineficaz y sufrido bloqueo que en este 2019 cumple medio siglo con el deseo, en gran medida oportuno, de que nunca vuelva a repetirse.