Una de las cámaras del documental de Netflix comparte su experiencia en La Línea

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Foto: @laurasipan

Mucho se habla estos días de la miniserie documental de Netflix sobre la problemática del narcotráfico y centrada en La Línea. Bajo el título ‘La Línea: La sombra del narco’, el anuncio del estreno de esta serie provocó toda una ola de indignación y crispación entre la sociedad linense, que ve como de nuevo se vuelve a centrar el foco mediático sobre La Línea tirando de problemáticas que afectan sólo a una parte de la población pero que estigmatiza a toda la ciudad. Ahora es una de las fotógrafas y documentalistas que participó en la elaboración de esta miniserie la que ha compartido su experiencia en La Línea, a la que se refiere como un lugar “magnético” y de la que se despide con un “no esperaba que cerrar mi experiencia en La Línea fuera a darme tanta pena. Al final vivir en Cádiz fue un regalo a mi medida”. La documentalista también se refiere a la gente de esta ciudad: “Enseguida me di cuenta de que la luz y los atardeceres estaban tan vivos como la gente de allí”.

Esta es su publicación completa, con fecha 23 de enero de 2019, y que estos días se ha vuelto viral coincidiendo con el estreno de la miniserie documental:

“Me llamaron al mediodía y me ofrecieron un proyecto nuevo. Una serie documental, en Cádiz, dijeron. Me sonó como un regalo. La conversación fue larga como para entender que por Cádiz querían decir La Línea de la Concepción y Algeciras y que serían cuatro meses viviendo allí. El regalo de pronto me pareció grande, o pequeño, no sé bien, pero desde luego no de mi talla y además no me gustaban tanto los colores como creía. Lo pensé durante varios días y al final decidí que antes de devolverlo iba a probármelo, por si acaso. En agosto me fui a La Línea con varias maletas, un buen equipo de cámara, muchas ganas de mar y un puñadito de recelo. Enseguida me di cuenta de que la luz y los atardeceres estaban tan vivos como la gente de allí y que después de todo igual la propuesta no era ni tan grande ni tan pequeña y que cogiéndole un poquito los prejuicios me sentaba de maravilla. En los 130 días que estuve no pasé ni uno solo sin ver el mar y el Peñón. Eran magnéticos, tenían ese efecto balsámico y renovador que sólo tienen las cosas que tocan el alma. Me devolvían a mi centro cuando me perdía y serenaban la adrenalina de trabajar sin horarios, por tierra, mar y aire, acompañando el trabajo de investigadores, guardia civiles y policías. El 20 de diciembre tomé esta foto con la que me despedí de la ciudad, del Peñón y del mar. El 21 volví a Madrid creyendo que al día siguiente me tocaría la lotería y que podría comprarme una casa frente al mar, en Cádiz. Un mes después sigo en Vallecas. El corazón se vuelve flexible de ejercitar saludos y despedidas, supongo que por eso no esperaba que cerrar mi experiencia en La Línea fuera a darme tanta pena. El 20 de diciembre tomé esta foto con la que me despedí de la ciudad gracias a P. y a E. dos personas radiantes y generosas que me ayudaron desde el primer día para que pudiera centrarme en mi trabajo sin preocuparme de nada. A veces La Línea tiene esos espacios por donde podría colarse el miedo si no vas con la compañía adecuada. Me despedí con esta foto y un abrazo, pero aún faltaban las palabras. Porque es verdad, se las debía, al final vivir en Cádiz fue un regalo a mi medida“.

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Me llamaron al mediodía y me ofrecieron un proyecto nuevo. Una serie documental, en Cádiz, dijeron. Me sonó como un regalo. La conversación fue larga como para entender que por Cádiz querían decir La Línea de la Concepción y Algeciras y que serían 4 meses viviendo allí. El regalo de pronto me pareció grande, o pequeño, no sé bien, pero desde luego no de mi talla y además no me gustaban tanto los colores como creía. Lo pensé durante varios días y al final decidí que antes de devolverlo iba a probármelo, por si acaso. En agosto me fui a La Línea con varias maletas, un buen equipo de cámara, muchas ganas de mar y un puñadito de recelo. Enseguida me di cuenta de que la luz y los atardeceres estaban tan vivos como la gente de allí y que después de todo igual la propuesta no era ni tan grande ni tan pequeña y que cogiéndole un poquito los prejuicios me sentaba de maravilla. En los 130 días que estuve no pasé ni uno solo sin ver el mar y el Peñón. Eran magnéticos, tenían ese efecto balsámico y renovador que sólo tienen las cosas que tocan el alma. Me devolvían a mi centro cuando me perdía y serenaban la adrenalina de trabajar sin horarios, por tierra, mar y aire, acompañando el trabajo de investigadores, guardia civiles y policías. El 20 de diciembre tomé esta foto con la que me despedí de la ciudad, del Peñón y del mar. El 21 volví a Madrid creyendo que al día siguiente me tocaría la lotería y que podría comprarme una casa frente al mar, en Cádiz. Un mes después sigo en Vallecas. El corazón se vuelve flexible de ejercitar saludos y despedidas, supongo que por eso no esperaba que cerrar mi experiencia en La Línea fuera a darme tanta pena. El 20 de diciembre tomé esta foto con la que me despedí de la ciudad gracias a P. y a E. dos personas radiantes y generosas que me ayudaron desde el primer día para que pudiera centrarme en mi trabajo sin preocuparme de nada. A veces La Línea tiene esos espacios por donde podría colarse el miedo si no vas con la compañía adecuada. Me despedí con esta foto y un abrazo, pero aún faltaban las palabras. Porque es verdad, se las debía, al final vivir en Cádiz fue un regalo a mi medida. #photography #StoriesThatMatters #streetphotography

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